martes, 3 de julio de 2012

Masturbación femenina: el tabú por excelencia

No fue hasta que llegué a la universidad cuando empecé a oir a mis amigas hablar de masturbación. Más o menos venía a ser una pregunta inocente del tipo: ¿vosotras os masturbais?. Después de un par de segundos de silencio en el que  los cerebros de todas estaban funcionando a toda velocidad, debatiendo si decir la verdad o no, alguna se animaba a responder que sí. A partír de ahí, de una valiente que afirmaba que se masturbaba, era un intercambio de información, experiencias y exposiciones de dudas, y es que lo que ví que había en todas esas conversaciones eran muchas dudas.

Para algunas, la mayoría tengo que decir, la masturbación era un acto natural. Las que lo concebían así no podían entender muy bien donde estaba la problemática de masturbarse, no entendían que otra chica le preguntase qué hacían o en qué pensaban. Pero las que decían no masturbarse, se debatían entre la curiosidad y los prejuicios, el miedo y el deseo, alejarse de los tabues y entrar en un mundo de realidad y naturalidad. Curiosamente, las chicas que he conocido que no se masturbaban han tenido pareja fija desde muy jóvenes con las que han mantenido vidas sexuales muy activas. Muchas de ellas afirmaban que por eso no tenían la necesidad de hacerlo. Otras, incluso, que nunca se habían tocado, que no sabrían como masturbarse para disfrutar o que les daba asco el hecho de pensar en mirarse o tocarse.

Odio las generalizaciones de todos los tipos, pero  tengo que decir que muchas de estas chicas que no conocían su propio cuerpo  venían de colegios religiosos cristianos. Una institución que educa a niños en los cimientos de que el placer es pecado, que la mujer ha sido concebida solo para traer niños al mundo y que cualquier tipo de pensamiento lujurioso es motivo más que suficiente para arder en el infierno. No es de extrañar, por lo tanto, que una mujer que ha sido educada en estos valores  nunca se haya aventurado a explorarse y disfrutarse.

Desde luego no creo que esta institución sea el único origen de este problema. La educación machista que predomina en la sociedad y en la mayoría de las familias, sumada al secretismo con el que muchos padres tratan el sexo, no hace más que acrecentar en los niños un sentido de vergüenza hacia esas sensaciones de las que en casa no se habla. La cultura machista predominante hace también un flaco favor a la mujer para que disfrute de su sexualidad libremente, el porno, los chistes verdes y las bromas de mal gusto no hacen más que ahondar en las mujeres un sentimiento que va desde la vergüenza, a un fuerte sentido del ridículo, pasando por el miedo a ser juzgadas como "guarras".

Sé que gracias a hombres y mujeres que creen de verdad en la igualdad de sexos, este tipo de tabues comienzan a difuminarse. Pero lo que hay que tener claro es que somos nosotras las mujeres las primeras que debemos creernos nuestra libertad e igualdad respecto a los hombres. Reeducarnos a nosotras mismas para reeducar a la sociedad.






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